Más allá de la calma
En los últimos años, la palabra mindfulness se volvió omnipresente. Se la asocia con calma, bienestar, equilibrio y, muchas veces, con la promesa implícita de “estar mejor”. Sin embargo, en la práctica clínica, la experiencia de estar presente no siempre es tranquila ni agradable. A veces, estar presente implica justamente encontrarse con lo que incomoda.
Desde una mirada psicológica, la presencia no es un estado ideal al que se llega, sino una práctica que se entrena. No es un lugar sin conflicto, sino una forma distinta de relacionarse con la experiencia interna. Confundir presencia con calma puede generar frustración y, paradójicamente, más malestar, especialmente en personas que ya se exigen demasiado.
Cuando estar presente incomoda
Muchas personas llegan a consulta diciendo que “no pueden estar presentes”, que intentan meditar pero se angustian más, que cuando frenan aparecen pensamientos o sensaciones difíciles de tolerar. Esto no indica que estén “haciendo mal” mindfulness, sino que al disminuir la evitación, emerge aquello que antes estaba cubierto por la acción constante, la distracción o el control.
Desde enfoques clínicos basados en evidencia, la práctica de la atención plena no apunta a eliminar pensamientos ni emociones, sino a modificar la relación que la persona tiene con ellos. Estar presente no es dejar la mente en blanco, sino aprender a observar lo que aparece sin quedar atrapado en la lucha por cambiarlo de inmediato. Y eso, muchas veces, no es calmante al comienzo.
El cuerpo como territorio
El cuerpo ocupa un lugar central en este proceso. La presencia no es solo mental; es corporal. Sensaciones, tensiones, ritmos respiratorios y posturas dan información constante sobre el estado interno. En personas con ansiedad, trauma o agotamiento emocional, el cuerpo puede ser un territorio difícil de habitar. Por eso, forzar la presencia sin cuidado puede resultar invasivo. La regulación no se logra empujando, sino ampliando gradualmente la tolerancia a la experiencia.
En este sentido, el mindfulness clínico se diferencia claramente del mindfulness de consumo. No busca producir estados agradables ni ofrecer soluciones rápidas. Busca entrenar una actitud: curiosidad, apertura y amabilidad hacia lo que está ocurriendo, incluso cuando lo que ocurre no es cómodo. Estar presente no significa sentirse bien, sino estar en contacto.
Una práctica situada
Muchas veces, la calma aparece como consecuencia, no como objetivo. Y no siempre aparece de inmediato. Pretender usar la presencia como una herramienta para “dejar de sentir” contradice su sentido más profundo. La presencia no anestesia; despierta. Y despertar implica, en algunos momentos, sentir más.
Desde esta perspectiva, acompañar procesos de mindfulness en la clínica implica cuidar el ritmo, respetar los límites y reconocer que no todas las personas están listas para el mismo grado de contacto. Estar presente también es saber cuándo retirarse un poco, cuándo regular, cuándo sostener con otro.
La presencia, entonces, no es un estado permanente ni una meta de perfección emocional. Es una práctica cotidiana, imperfecta, situada. Una forma de volver, una y otra vez, al aquí y ahora, no para que sea distinto, sino para poder habitarlo con mayor conciencia.
Tal vez el verdadero valor del mindfulness no esté en la calma que promete, sino en la posibilidad de dejar de huir de la experiencia. Porque estar presente no siempre tranquiliza, pero muchas veces ordena. Y, con el tiempo, permite una relación más honesta y cuidada con uno mismo.